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    El aburrimiento como una forma de la libertad

    Esta semana leí dos noticias que me sirven para publicar hoy esta reflexión que quiero compartir con ustedes.

    La primera es el envejecimiento abrupto de la población en Argentina por la baja de la natalidad que redujo desde 2014 un 40 por ciento a nivel nacional y llegó al 50% en la Ciudad de Buenos Aires.

    La segunda me llega a través de múltiples medios y notas y tiene que ver con el archiconocido tema que nos tiene impactados a todas y todos, y es el impacto y el desarrollo que tiene casi diariamente esa nueva diosa que es para muchos la Inteligencia Artificial Generativa (IA).

    “Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad”, dice un tema de Sui Generis (“Canción para mi muerte”), que muchas y muchos de mi generación cantaban acompañados por la guitarra o el piano durante la adolescencia. Hasta tengo un disco de vinilo (Long Play) en mi casa y, de vez en cuando, lo escucho en el viejo wincofon familiar que conservo.

    Retro setup with a vintage turntable playing Fleetwood Mac's Rumours LP.

    Ese tiempo, para mí fue mi infancia y adolescencia, cuando no existían las redes sociales ni la inteligencia artificial. Fue el momento de mi vida que más me aburrí y siempre de ese aburrimiento surgieron las mejores ideas que tuve.

    Estoy lejos de ser una persona que combata los avances de la tecnología, uso el chat GPT, Géminis, Siri y hasta me descargué Deepseek (IA China) y estoy convencida de los beneficios de las múltiples capacidades que nos solucionan la vida. Tengo smartphone, aspiradora robot, uso Instagram, X y Blue Sky, grabo y edito videos, leo todo en formato digital (aunque conservo mis libros en papel) y hasta soy una de las editoras de este sitio web.

    La tecnología y sus avances son importantes para la sociedad. Las reivindico y las promuevo.

    Hecha esta aclaración, quiero decir también: estoy convencida de que el exceso del uso de pantallas y de inteligencia artificial desde niños está deteriorando nuestra atención, memoria y hasta la creatividad; y también aseguro, sin temor a equivocarme, que aburrirse sigue siendo necesario para que surjan las mejores ideas. Atravesar el desánimo que trae consigo el aburrimiento tal vez sea una de las mejores formas para dejar salir la creatividad que tenemos los seres humanos.

    Y no hablo de esa sensación de letargo o desapego de los domingos a la tardecita, cuando sentimos el agobio de la semana que se inicia, ni el que nos inunda si nos ponemos a scrollear en las redes sociales en busca de “algo” que no tenemos claro y sólo nos aparecen una y otra vez los mismos tipos de contenidos.

    Es el algoritmo

    “Es el algoritmo,” nos dicen los especialistas, un algoritmo que no para de traernos una y otra vez recetas de cocina sin gluten, keto, veganas, con leche de almendras, sin grasas y son azúcares, solo porque buscamos una vez cuál es la mejor forma de hacer vegetales rellenos con queso descremado.

    ¿Un algoritmo que me quita la libertad de saber qué piensan otros, los que comen con grasa por ejemplo, no como yo, los que disfrutan de correr en maratones o los que viven en oriente? ¿Esa es la libertad que nos traen las redes? ¿Cuál es la libertad de leer una y otra vez lo que piensan los que son parecidos a mí? ¿Cuál es el beneficio y quién realmente lo obtiene? Acá traigo una vez más la frase que Richard Serra dijo en 1973 (no había redes ni Internet, claro): “Si algo es gratis, el producto sos vos”.

    No tenemos tiempo para nada, tampoco para aburrirnos, cada hueco en nuestra vida lo llenan las pantallas. Paradójicamente ¿a quién no le pasó de entrar a las múltiples plataformas de contenidos audiovisuales que usamos para ver películas y series y tener la sensación de que nada nos termina de interesar.?  ¿Mucho es menos? Tal vez vivamos más aburridos que nunca, con un aburrimiento que nos llega a los huesos y nos paraliza, hiriéndonos en lo más importante, en nuestra posibilidad de desear.

    En mi infancia y adolescencia no se scrolleaba, no teníamos series on line a disposición, íbamos al cine los sábados o los domingos y nos aburríamos mucho. Sobre todo los chicos y las chicas. ¿Qué hacíamos cuando nos aburríamos? Leiamos libros, revistas, hablábamos por teléfono fijo horas, íbamos a parques a tomar helados, practicábamos el ring raje, caminábamos, pero sobre todo nos inventábamos juegos.

    Recuerdo las novelas e historias que inventé con mis pocos juguetes, con hojas de papel y lápices de colores y travesuras, a más no poder, recordábamos más los sueños y hasta los anotábamos. Teníamos mil planes para el futuro, ideales, cuando el mañana era todo un desafío.

    ¿Qué mundo es mejor? ¿Puede la tecnología ser la fuente de la felicidad? ¿Es tan super poderosa que es capaz de reemplazar el trabajo humano y cerrarnos la brecha que provoca la angustia de saber que no tenemos la llave de la verdad, ni de lo que nos depara nuestra vida? O creemos, tal vez, que el ser humano se extinguirá y reencarnaremos en humanoides.

    Tal vez estas sean algunas de las razones, no todas sin duda, que nos lleven a protagonizar un tiempo de sociedades envejecidas, con pocos niños y niñas corriendo por calles custodiadas por fuerzas de seguridad que presuntamente evitan la inseguridad de la población y en, nombre de la libertad, nos anestesian y nos silencian.

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