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    TecnoPOPlítica, la estrategia distractiva de las nuevas derechas y sus líderes

    El libro TecnoPOPlítica, escrito por Leonardo Murolo, relata las acciones más novedosas del poder político de las nuevas derechas y la responsabilidad de la influencia en los medios de comunicación Da cuenta de algunos de los fenómenos comunicacionales más recientes en redes sociales, obra de you tubers e influencers, que corren los límites de lo “decible” en las sociedades y son funcionales a gobiernos autoritarios.

    Esta idea de los umbrales de lo decible tiene que ver con los consensos o acuerdos a los que llegó la mayoría de la población. En Argentina, por ejemplo, durante años hubo consenso acerca de que las políticas de Memora, Verdad y Justicia funcionan como umbrales desde donde se establece una base para los consensos históricos, identitarios y democráticos.

    Pero el triunfo de Javier Milei, corrió de un plumazo esos umbrales, que se derrumban cuando desde la política, y a través de medios digitales, se plantea la “teoría de los demonios”, se sienta en una mesa a debatir juntos a torturados y torturadores de la última dictadura cívico militar o se reivindica como “víctimas del terrorismo de Estado” a los genocidas y  los torturadores.

    Todo esto está presente en el discurso político de quienes integran las filas de La Libertad Avanza, pero también en las opiniones de muchos periodistas que alzan sus voces desde programas oficialistas y un grupo de canales de streaming libertarios, que ya totalizan una veintena en la sociedad argentina.

    Hasta aquí nada nuevo, nada que una parte del periodismo haya hecho en algún momento de la historia de la democracia argentina.

    Lo novedoso es cómo se hace, la diseminación sin costo alguno de noticias falsas, engañosas, no chequeadas, sin fuente, cómo si la comunicación fuera ficción, en algunos casos.

    Murolo señala que todo esto es estrategia de las nuevas derechas, que plantean una “batalla cultural” al “marxismo cultural”, la agenda 20230, “los guerreros de la justicia social”, los “colectivistas”, los “woke”, la “generación de cristal” y otros eufemismos que utilizan para nombrar a quienes defienden indeas progresistas. Y usan la comunicación con esos fines.

    Los neofacismos o derechas radicales critican a los progresistas por ser políticamente correctos, definiéndose ellos mismos como rebeldes y enmascarando su violencia como si se tratara de incorrección política, dice Murolo. Pero es una estrategia para instalar sus ideas en la sociedad.

    Murolo es doctor en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata y Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Quilmes, docente universitario de grado y postgrado y autor de varias publicaciones, entre ellos el libro que nos ocupa en este artículo y que publicó recientemente Prometeo.

    En uno de los capítulos del libro, titulado «La diva y el presidente», Murolo analiza el fenómeno de las estrellas pop que son perseguidas por los gobiernos autoritarios. Empieza con Taylor Swift, quien llamó a votar en Estados Unidos al candidato demócrata, confrontó abiertamente con Donald Trump en redes sociales, sobre todo en relación a la homofobia y el racismo.

    Se analiza también la confrontación en Brasil,  en las redes, de la cantante brasileña Anitta y Jair Bolsonaro.  En este caso ella terminó bloquándolo. Su tuit más viralizado fue el que señaló: “No soy del PT y nunca lo he sido. Pero este año estoy con Lula y quien quiera mi ayuda para hacerlo crecer aquí en internet, tik tok, twitter, Instagram, que me lo pregunte y si está en mis manos, no va contra la ley electoral, lo haré”.

    Lali en la Argentina

    Otro de los los casos analizados por Murolo es el de la cantante argentina Lali Espósito, que se inició con su ya conocido y discreto posteo en X de “Qué peligroso, qué triste” cuando Milei se dirigía al ballotage en la presidencial del 2023 . Esas escuetas cuatro palabras le significaron un hostigamiento mediático y digital de las filas libertarias, lideradas por el presidente Javier Milei que llegó a cambiarle el apellido Espósito por “Depósito”, acusándola de vivir del dinero del Estado, en relación a su participación en algunos recitales gratuitos, para los que fue contratada en alguna oportunidad.

    “El ataque de Milei a Lali puede interpretarse desde al menos cuatro dimensiones”, dice Murolo. “La primera y más obvia lectura es que se trata de poner en escena un chivo expiatorio, como maniobra distractiva que involucra a una persona famosa y por lo tanto noticiable.” El tema ocupó en los primeros momentos de su gobierno las portadas de diarios y las pantallas de TV, dejando de lado la atención en asuntos más difíciles para el gobierno como los reclamos de los jubilados y docentes, la inflación o una crisis política.

    La elección de Lali es también porque es referente de algunas de las banderas que llevan adelante las juventudes que no votaron a Milei: la comunidad LGTBIQ+, la defensa de las mujeres y la militancia contraria a las ideas conservadoras. De manera que el enfrentamiento le sirvió, en una primera instancia, para fidelizar a sus propios seguidores.

    En la actualidad parecería ser que ya esa pelea no le sirve tanto. Dejó de confrontar públicamente con la artista y hasta su presunta ex novia, Fátima Florez, acaba de declarar hace menos de una semana que a Milei le “gustan algunas canciones de Lali” porque es “un artista”, una “persona sensible”.

    ¿Habrá cambio de estrategia comunicacional? ¿O sólo reemplazo de los personajes hacia quienes se focalizan las agresiones del poder político? Murolo no proyecta especulaciones al respecto.

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