Cuentan que cuando Santiago Caputo se enteró de que un periodista se había referido a él públicamente como “el mago del Kremlin” se hinchó de orgullo y encendió un puro. Era el triunfo del cinismo y la manipulación en una democracia.
Para aclarar esta anécdota vale recordar que Caputo es el asesor monotributista que trabaja de estratega del presidente Milei y maneja, entre otros organismos del estado, los servicios de inteligencia así como a un amplio grupo de medios y periodistas a los que les indica qué decir. Quedó claro cuando en la entrevista que Joni Viale le hizo al presidente Milei el propio Caputo apareció en cámara para cambiar una pregunta del periodista.
Por su parte, El Mago del Kremlin es una novela de ficción política que ganó premios, fue traducida a más de 30 idiomas y vendió millones de ejemplares. Hace unos meses se estrenó en Argentina su versión fílmica.
La película
La película, que se puede ver en la Argentina en estos días en Flow y en Amazon Prime, lleva a un público más amplio, lo que para muchos políticos, periodistas y especialistas en comunicación es un manual de propaganda, aunque en realidad, es más justo decir que libro y film trazan una interpretación del poder en la era digital. Una suerte de Maquiavelo moderno.
En el texto se destaca que el gobernante más eficaz ya no es quien controla los medios de comunicación, sino quien logra convertir la realidad política en una narración cambiante, donde la atención, la emoción y la confusión pesan más que los hechos.
Estas ideas fueron desarrolladas por el autor Giuliano da Empoli en otro de sus libros, el ensayo Los ingenieros del caos, donde afirma que en estos tiempos “lo que importa no es la verdad, sino lo que la gente cree que es verdad”
Libro y película tienen una excelente correspondencia quizás debido a que uno de sus guionistas, Emile Carrere, es un especialista en Rusia además de ser un gran escritor. El centro de la acción es Vadim Baranof, personaje basado en el ex asesor real de Vladimir Putin, Vladislav Surkov.
El mago del Kremlin retrata la ruptura definitiva con la comunicación política tradicional y el nacimiento de un modelo “basado en el algoritmo, la fragmentación y la administración del conflicto”.
Los medios y el poder en la era digital
A diferencia de las etapas previas de la comunicación política —caracterizadas por la búsqueda del consenso, los discursos racionales y el uso de medios masivos tradicionales (prensa, radio y televisión)—, el libro-film desglosa las novedades comunicacionales de inquietante actualidad, incluso en nuestro país.
A su vez, en especial la película, muestra un fresco del período que va de la caída del comunismo, pasando por la imposición de capitalismo salvaje, liderado por los llamados oligarcas rusos, hasta llegar a la Rusia de Putin con las denuncias que pesan sobre él por la imposición de un régimen de autocracia antidemocrática.
En un largo monólogo, Baranov va enumerando e ilustrando las características de este nuevo paradigma comunicacional, en el que, quizás exageradamente, el público, las audiencias, los electorados, son sujetos de una manipulación permanente por parte del poder.
Algunos de los rasgos del paso del paradigma clásico al digital incluye privilegiar las emociones sobre los argumentos; polarizar y dividir en lugar de buscar consenso; generar impacto y no credibilidad, saturar el espacio -en particular el de las redes- con información contradictoria que hagan imposible distinguir mentira de verdad. Y sobre todo apelar a una violencia simbólica -que en el caso de Rusia se encarnó en la realidad.
Se acabó la persuasión
La película plantea que el cambio central consiste en que el objetivo deja de ser persuadir y pasa a ser controlar el marco mental desde el cual la sociedad interpreta la realidad.
Vadim Baranov proviene del mundo de la televisión y de los reality shows. Esa experiencia le enseña que el público ya no distingue claramente entre entretenimiento y política.
Uno de los ejes puede resumirse así:
«La política dejó de ser el arte de gobernar para convertirse en el arte de dirigir la atención.»
En este paradigma, el escándalo vale más que el argumento; la emoción vence a la razón;
la imagen desplaza al programa político.
En la comunicación política clásica, incluso la propaganda buscaba que la población creyera una versión determinada. En El mago del Kremlin el objetivo cambia radicalmente: ya no importa que crean una mentira; alcanza con que dejen de creer en cualquier verdad.
Una de las frases más citadas del libro y de la película expresa esta lógica:
«El poder consiste en hacer que nadie pueda distinguir lo verdadero de lo falso.»
Esta idea recuerda las estrategias contemporáneas de desinformación: inundar el espacio público con relatos incompatibles hasta volver imposible cualquier consenso sobre los hechos. No se trata de convencer. Se trata de producir confusión.
En la comunicación política clásica el orden era un valor. Aquí se sostiene todo lo contrario. El caos puede ser una tecnología del poder. El dirigente que domina el caos obliga a todos los demás actores a reaccionar frente a él.
Por eso el Kremlin de la película provoca crisis sucesivas, conflictos permanentes y sobresaltos mediáticos. El caos reemplaza a la estabilidad como fuente de autoridad.
Otro cambio fundamental, como ya fue señalado, consiste en que la política deja de organizarse alrededor de ideas para organizarse en torno de emociones, sobre todo el resentimiento.La comunicación ya no busca convencer al ciudadano racional sino activar respuestas instintivas.
En la tradición democrática el dirigente comunica propuestas. En El mago del Kremlin, el dirigente comunica sobre todo una identidad. Putin aparece construido como un personaje casi mítico.Cada aparición pública está cuidadosamente diseñada para reforzar un relato.La comunicación deja de transmitir mensajes, empieza a producir símbolos.
¿El libro o la película?
Quién leyó el libro no se decepcionará al ver la película. Es respetuosa del contenido ideológico y profundiza la trama de la novela. Lo que sí se sorprenderá con el final, que por razones obvias aquí no se devela, pero que en nada desmerece la lógica de este sombrío relato de nuestro tiempo
Volviendo al “mago del Kremlin” criollo, Caputo, es posible encontrar en su acción y la del gobierno argentino una inspiración en estas ideas que son la base de las derechas internacionales. El apelativo es casi justo, salvo que la apuesta a una masa pasiva, manipulada, atontada, puede terminar en un cisne negro. Ya se ha visto muchas veces a lo largo de nuestra historia.
Por último, la película lejos de tener un tono teórico, narra los nuevos paradigmas en historias entretenidas y vigorosas. Su protagonista, el actor Paul Dano, representa con justeza a ese asesor que trabaja más allá del bien y el mal. Jude Law personifica a Putin, con aciertos y errores.
Para quienes quieran entender de qué se valen las derechas extremas para llegar y mantenerse en el poder, El mago del Kremlin es una buena oportunidad.

