La presunción de un intercambio permanente que habilitan presuntamente las redes y plataformas digitales esconden una “desaparición del otro” y “vacíos vinculares”, sostiene Roberto Samar, licenciado en Comunicación Social y Periodismo, en su libro “Pantalla cruel”, puesto en circulación en abril.
Este enfoque está contenido en uno de los capítulos de la obra, titulado “Redes digitales: la ilusión de la presencia”.
La obra, publicada por Ediciones con Doble Zeta, está conformada por textos breves, algunos de los cuales Roberto Samar escribió en colaboración con Emiliano Samar, Magdalena Alvarado, Facundo Serrano y Pablo Scatizza.
En el prólogo, Marcelo Medrano dice que el libro ofrece un “triple registro”, que describe así: “claridad en cada una de las partes, posiciones estructurales en torno de los derechos humanos como sostén político-social y la implícita propuesta vinculada de tejer, saber, acción y transformación”.
A continuación, el texto del capítulo mencionado, que Samar proporcionó a CLIC a modo de anticipo, con vistas a la presentación del libro en la Feria del Libro de Buenos Aires, el 25 de abril.
Redes digitales: la Ilusión de la presencia *
Nos mostramos, juzgamos, humillamos y seducimos en un ritual virtual de plataformas diseñado para «matar el tiempo» sin advertir que, en ese gesto, lo que a menudo agoniza es nuestra propia subjetividad y la posibilidad de presencia. Estamos atravesados por una arquitectura de la adicción que, bajo la promesa de conectividad total, construye vacíos vinculares.
Nos encontramos con la desaparición del otro, como bien señala Byung-Chul Han en su obra La expulsión de lo distinto (2017, Herder), vivimos en el «infierno de lo igual». El algoritmo no busca el encuentro con lo diferente sino la confirmación de lo propio. Han sostiene que la comunicación digital es solo una vista, no una mirada, y advierte que el enjambre digital no forma ningún nosotros. Esa prescindencia, en esa falta de mirada real, expande un vacío. Ya no hay un prójimo sino un objeto de consumo en una pantalla que se desliza sin fin.
El otro se convierte en un territorio de conquista. Estereotipos de género a la espera de reposteos y likes, anhelos de encajar en formatos rígidos que imponen cuerpos y modos preestablecidos por hegemonías. Estas consecuencias no se reparten de manera azarosa. Se inscriben sobre los cuerpos con la precisión de una cultura que devora lo joven. Allí el machismo deja su marca. Varones que calcan añejas publicidades. Manadas ritualizando masculinidades. Mujeres empujadas a una vitrina donde el cuerpo es mercancía y la seducción. Niñas invitadas a mostrarse mujeres cosificadas. Obligaciones bajo vigilancia constante. Determinados tipos de cuerpos, maneras de relacionarse con los espejos. El reflejo del reflejo en baños de gimnasios o domicilios. Algo a lo que parecerse, algo para mostrar, una intimidad expuesta y reproducida como copias circulando en un engranaje interminable.
Resuena la voz de Rita Segato cuando nos habla de la «pedagogía de la crueldad». Segato explica que el sistema requiere la cosificación de la vida, la crueldad como hábito de mirar a los seres vivos como cosas. En la red, esa violencia simbólica se automatiza. Por ejemplo, el cuerpo de la mujer adolescente es fragmentado, filtrado y puesto a disposición de un juicio público que busca disciplinar su deseo y su imagen. Un deseo en cautiverio. El psicoanalista Massimo Recalcati reflexiona sobre cómo la época actual ha sustituido el deseo por el goce inmediato del consumo. Recalcati advierte que el vacío del objeto es lo que nutre el deseo pero el mercado intenta llenar ese vacío con objetos siempre nuevos que no satisfacen a nadie. Imágenes objeto, espejos remotos, retratos del reflejo de narrativas. En las redes, el «like» es ese objeto deseado, una gratificación efímera que deja tras de sí una angustia renovada.
La evidencia del daño, de este fenómeno, encuentra su correlato empírico en las investigaciones de Jonathan Haidt. En su obra La generación ansiosa (2024), Haidt documenta cómo la exposición a imágenes manipuladas en Instagram destruye el autoconcepto físico de las adolescentes. La red no es un espacio neutro; es un laboratorio de comparación social negativa. Haidt advierte que el uso intensivo, especialmente cuando supera las cinco horas diarias, actúa como un catalizador de la depresión, lanzando a las jóvenes a un bucle de algoritmos que promueven consejos dietéticos extremos y la apología de la anorexia. Infancias y adolescencias expuestas a discursos y modelos que requieren la construcción de reflexiones críticas que nos permitan acompañar esas nuevas autonomías.
Para transformar esta deriva en una construcción de sentido, la reflexión en familias y escuelas debe orientarse a recuperar el gesto humano frente al automatismo del algoritmo.
En la escuela, los clubes de barrio, las bibliotecas populares, quizá la pausa pueda volverse resistencia, ofreciendo lo que la red no tiene: tiempo y presencia. Habitar el silencio y la mirada, crear espacios de asamblea o talleres donde el dispositivo quede fuera, no por prohibición sino para dar lugar a la observación de lo pequeño. Desmontar el algoritmo analizándolo, entendiendo juntos cómo se construyen esas imágenes de «perfección» que mencionaba Haidt, haciendo visible la costura del filtro.
Daniel Brailovsky señala que la escuela es, por definición, ese lugar de suspensión de la urgencia. No está para adaptarse a los tiempos que corren sino para construir una reflexión situada y sensata que permita analizar críticamente el mundo que habitamos. Entonces, si la red nos acelera, la escuela podría ser el ligamento que une lo que la hipervelocidad fragmenta.
En casa la mesa puede volverse territorio. Cartografía de encuentros. Frente a la «pedagogía de la crueldad» (Segato) que cosifica los cuerpos, la comunidad puede ser el refugio de la palabra. Construir esos rituales de desconexión digital para re-conexión analógica, física, del pensarsentir. Establecer momentos donde el «enjambre digital» (Han) sea reemplazado por la conversación cara a cara, por el recuperar la mirada.
El desafío que nos convoca entonces es recuperar la mirada. Frente al vacío digital, la urgencia de construir espacios donde el tiempo se habite. Donde el cuerpo no sea un objeto para ser juzgado, sino el territorio soberano de una existencia compartida.
*Los destacados expresados en “negrita” son del original enviado a CLIC.


Muy bueno !!!! el lugar común del encuentro con el otro y los otros nos devolverá la humanidad que estamos perdiendo.