Qué le está diciendo Milei a Myriam Bregman cuando le dice Chilindrina. En el centro de su plan de denigrarla debe estar la noción “pobre”, y después tal vez, “revoltosa”, “quilombera”, “hija de un desocupado”, “mujer”, “gritona”, “rebelde”, etc. En el mundo simbólico libertario ser rico reúne cualidades como mundano, educado en consumos, inteligente, etc, mientras pobre remite a fracasado y feo. Cientos de adolescentes libertarios, algunos de alarmantes 40 ó 50 años, ofrecen cursos para hacerse millonario en pocas semanas. Muestran versiones de la calidad “rico” con autos y casas alquiladas, y ficciones sobre contactos y viajes por el mundo de la excelencia. La noción de corrupto, criminal, ignorante, solo la perciben en sus contrarios políticos, no en el Trump abusador de menores y generador de guerras contra países a los que se les pueden robar recursos, ni en el gobierno de Israel, ni en Videla o en Karina 3%.
La Chilindrina, aclaremos, es el personaje más astuto de la vecindad de El Chavo. Sabe responder con ingenio a las presiones de la madre de Quico o del señor Barriga, también a la pesadez de Jirafales, y por sobre todo demuestra querer a su padre y a El Chavo. Milei está tratando de atacarla, pero llamarla Chilindrina no resulta buen argumento.
Tal vez las cosas se han dado de este modo: Ñoño creció, superó en parte las angustiantes burlas de sus compañeritos de grado, fijadas en los eternos overoles que vestía en la infancia y su voluminosa panza, y llegó a ser un mediático personaje defensor de poderosos y enemigo de pobres y trabajadores. Con su alocada prédica enfilada a quitarles derechos a los asalariados y facilitarles ganancias a los ricos, consiguió que lo voten para presidente unos y otros. Encaramado en el poder, se desvivió por ser un patético rastrero de los poderosos del mundo pero la nueva situación de todos modos no terminó de aliviarlo, ya que en continuidad con aquellos malos recuerdos de la infancia ahora se burlan de él por su papada, el uso de pañales descartables, los continuos cortes de la conexión wiffi entre su lenguaje, sus intenciones y su cuerpo, y la infantil invención de datos favorables a su gestión ante periodistas tan alcahuetes de él, como él de Trump.
Un día entonces, en calidad de presidente, el Ñoño tuvo que presentarse ante el Congreso y hablar de las críticas cuestiones que hacen a su gobierno. Pela un texto de ataque a los opositores intercalado con chistes grasas, viejos, ordinarios, acercados por un asesor que seguramente, por conocer bien sus gustos, su precariedad verbal y el riesgo de que, en términos de El Chavo del 8, se chispotee en pleno discurso, se los anota. Cada vez que deja de leer, el Ñoño sonríe, vuelve a leer el guión, y dice el chiste. Hasta que le toca referirse a la Chilindrina y ve que en el guión dice que a la Chilindrina la llame Chilindrina para denigrarla. Fallaste, Ñoño, o te hicieron fallar. Es lindo personaje la Chilindrina. Millones la queremos. A ella y a El Chavo. Y a propósito: ¿qué vas a hacer con la vecindad? Con tu política de alquileres no se salva ni doña Florinda. Jirafales enseña en una escuela pública. Va a cobrar un sueldo de mierda y quien sabe si no le vas a cagar la jubilación. El señor Barriga no va a poder cobrarle el alquiler a ninguno. A Don Ramón ya le cerraste todos los lugares públicos donde podía vender algo. ¿Y El Chavo? ¿Se lo llevará la policía por usurpación de la propiedad privada (el tacho donde duerme)? ¿Irá preso con la nueva ley que a tantos periodistas entusiasma con la idea de meter en cana a los chicos?
*Ricardo Mariño es escritor y guionista argentino, y se desempeña también como periodista. Su obra literaria destinada a niñas y niños es reconocida internacionalmente. En 1988 recibió el premio Casa de las Américas. Este texto, que publicó en su espacio en Facebook, es reproducido con su autorización.


De lo más inteligente que he leído y escuchado tras los exabruptos del Ñoño. Enseña, además, cómo la indignación y la crítica se pueden expresar sin caer en la puja berreta que proponen.